A pesar de que oficialmente, desde 1975, la ONU estableció el 8 de marzo como el Día de la Mujer Trabajadora, la celebración que conmemora un siglo de lucha por la igualdad, la justicia y el desarrollo de las mujeres, va directamente unido al concepto de «trabajadora» que dio origen a esta fiesta.viernes, 8 de marzo de 2013
¿Día Internacional de la Mujer? ¿O día Internacional de la Mujer Trabajadora?
A pesar de que oficialmente, desde 1975, la ONU estableció el 8 de marzo como el Día de la Mujer Trabajadora, la celebración que conmemora un siglo de lucha por la igualdad, la justicia y el desarrollo de las mujeres, va directamente unido al concepto de «trabajadora» que dio origen a esta fiesta.jueves, 13 de diciembre de 2012
¿Mujercita? ¿Quién quiere ser mujercita?
Sé
amable, aunque algunos te crean fácil. No hay peor hipocresía que hacerse la
difícil para después consentir. Si se teme la mala interpretación de nuestros pensamientos, sentimientos o moral, con ser clara se superan las dudas. En cambio, la ficción siempre es confusa, genera la percepción en los demás de que somos volubles, de no saber lo que queremos, o de jugar con sus sentimientos, su tiempo y sus vidas.
Se
digna, aunque te digan orgullosa. Nos han enseñado que el orgullo es un pecado, pero
hay más virtud en él que en la falsa humildad.
Ríe:
tímidamente, con media sonrisa, a boca llena, apenas insinuándolo, y también a
carcajadas. La risa es una conducta típicamente humana. No hay razones para ahorrarla.
Ni para regalarla cuando la situación no lo amerita: justamente porque es una
conducta típicamente humana. De qué y cómo rías también te define.
Mira
de frente, si no tiene nada que ocultar. Y siempre a los ojos. Las
personas que se comunican lo hacen con los ojos revelados.
Sé
tierna, y cada vez que sea necesario, sé flexible. La inflexibilidad es el
refugio de los débiles de carácter. Quienes nos sentimos fuertes -y lo somos- sabemos cuándo es necesario condescender, e -incluso- regalar una victoria. Los fuertes no ganamos batallas a lo Pirro.
Sé
alegre, y no temas por ello caer en la frivolidad: la alegría es un atributo de
los inteligentes; la frivolidad de los superficiales. La alegría jamás es superficial; en cambio, la solemnidad no es más que
frivolidad disfrazada de seriedad.
Conversa.
Nadie conversa mejor que un conversador apasionado. Nadie aburre más que quien se aburre a sí
mismo. La mesura debería operar sólo sobre el propio pensamiento, para que lo
que se diga no dañe innecesariamente a los otros. Si la conversación es
generosa, es –necesariamente- abundante.
Sé
dulce, la dulzura cuando es amorosa- nunca empalaga. Igual que el azúcar, empalaga si está procesada, jamás cuando
es natural. Empalaga la dulzura fingida.
Ama
sin dudas, sin celos, sin desconfianza. El amor no es un estado para cobardes:
siempre implica riesgos. Un amor
autolimitado no vale la pena, en ninguna de sus dimensiones. Si te genera dudas, celos o desconfianza, eso que estás sintiendo no es amor. O está contaminado: hay que purificarlo.
Oye
con oídos abiertos a la verdad: la verdad siempre se manifiesta a sí misma
cuando uno está dispuesto a escucharla. El problema nunca es lo que otros dicen,
sino lo que se quiere escuchar, el estar dispuestos a escuchar a medias. Y se escucha a medias cuando sólo
se escuchan las palabras, sin su contexto. Un buen escuchador –a la larga o a la
corta- sabe ver lo verdadero aún en medio de la falsedad.
Y sé mujer: las muñecas no sienten, no
piensan, no viven. Que nadie te haga creer que se es más y mejor mujer viviendo
a medias. Que nadie te haga creer que hay un modo de serlo: descubrí tu propia manera de ser mujer. Y vivíla plenamente. Nadie puede ser más mujer que vos, a tu propia manera.
Viviana Taylor
martes, 18 de septiembre de 2012
Por qué cuento lo que cuento
Voy a contarles
algo que pocos saben, excepto que lo hayan vivido conmigo, porque jamás lo he
contado. Ojalá muchos lo lean, sobre todo quienes se preguntan por qué vengo
contando las cosas que cuento estos últimos tiempos. Algo de lo que si bien
solía charlar, no formaba parte de mis posteos.
Estoy entrando
en los que supongo serán los últimos 3 años de mi carrera. Y decidí ir
armándome un proyecto nuevo, porque no quiero pasar lo que me queda de vida
mirando televisión y aburriéndome intrascendentemente. No me jubilo porque ya
no quiera o no pueda seguir dando clases: me jubilo cuando todavía siento
pasión haciéndolo. Y me gusta ver los ojos de los alumnos cuando me miran, y no
quiero encontrar una mirada diferente. No creo que los futuros alumnos ni yo nos
merezcamos menos. Así que decidí reflotar una vieja y primera vocación para ir
dedicándome a ella en el futuro: el periodismo social. Y como no necesito más
de lo que tengo –soy austera, y mi austeridad es la clave de mi libertad-
decidí hacerlo tal como lo hago ahora: vocacional y no profesionalmente.
Otra cosa que
nunca he contado, así que pocos saben, es que alguna vez coqueteé con el
oficio. En un lugar privilegiado de mi biblioteca hay algo que me enorgullece
enormemente pero que pasa desapercibido para los demás: la medalla con que me
honró el Círculo de Periodistas de General Sarmiento por mis aportes al desarrollo
del periodismo estudiantil. La fecha no es lo de menos: 7 de junio de 1982 (descansa
al lado de otra, que me entregó dos años antes el Círculo Sanmartiniano por un
trabajo sobre historia política argentina con el que representé a la escuela y al
distrito en la Biblioteca Nacional). Ese mismo año la escuela enmarcó la nota
que había escrito sobre Malvinas al finalizar la guerra y me la regaló con una
notita que todavía está pegada detrás: a la redactora más prolífica. No fue
fácil escribirla, sobre ese tema ni en ese tiempo. Pero a los 16 años uno tiene
esa mezcla de inconciencia y omnipotencia que sólo vuelve a la vuelta de la
vida… Fue la primera vez que se me acercó gente desconocida a abrazarme
emocionada por algo que había escrito. Mis padres, en cambio, temblaban de
miedo: a esa altura ya estaba colaborando en la fundación de un periódico
local, y ya nos habían seguido los inolvidables falcon verdes, ya nos habían
parado a pedirnos documentos, ya nos habían palpado de armas, ya nos habían
dicho “déjense de joder, pendejos”… y todo el ritual de la época. Esa nota y
ese premio también me valieron un trabajo en la primera agencia periodística
que conocí, y donde aprendí la cocina del oficio. Todavía funciona, en el mismo
lugar donde se hacía el recordado diario Crítica (para los más jóvenes, no el
de Lanata, sino el de Natalio Botana). Ahí fue donde vi discutir a un grupo de
viejos periodistas y un editor sobre la publicación o no de un recuadro donde
habían inventado que una actriz era lesbiana “por zurdita” (era tan peligroso
ser una cosa como otra, pero mintiendo lo primero buscaban estigmatizarla entre
colegas). Los periodistas y los pasantes iban y venían entre agencias: en los
almuerzos te enterabas de lo que sucedía en todos lados, en todas ellas, en
todas las redacciones de todos los diarios. Ahí fue donde oí hablar por primera
vez de Papel Prensa. En esas oficinas fue donde, desencantada, decidí ser
maestra. Pero nunca dejé de escribir: por ahí hay dando vueltas algunas otras
cositas, entre las que destaco un primer premio categoría cuento de SUTEBA, que
siento especial porque éramos todos maestros. Y porque me regalaron unos libros
que valoro mucho y una estadía para dos personas en el recién inaugurado Hotel
de Mar del Plata que disfrutaron mis viejos. Y escribí muchos artículos
académicos, publicados por aquí y por allá, en papel y electrónicamente, que me
abrieron otras puertas, a otras experiencias.
Y acá estoy, planificando mi vida de pronta
jubilada. Es inevitable que vuelva a revolver mis viejos papeles y aparezca
aquella vocación primera. Tengo otra edad, otra experiencia, caminé por muchos
caminos diferentes; he fundado escuelas, he militado y he hecho trabajo
comunitario… En fin, me pasó la vida por arriba, por al lado y por encima. No
me asusta el desencanto porque he visto lo mejor y lo peor en cada lugar por el
que he andado. Estoy lista para lo que
otra vez tengo ganas de hacer. Y como soy austera, como dije antes, no necesito
más de lo que tengo: eso me hace libre de hacer lo que quiero, como quiero. Y
quiero hacerlo honestamente porque lo único que me importa en serio es
mantenerme íntegra y digna: la integridad
y la dignidad es lo único que no se pierde ni se roba. Se entrega. Y yo
no me entrego: lo aprendí de mi viejo y de mis abuelos, que militaron por sus
ideales en cada intersticio en el que pudieron hacerlo. Lo único que quiero
lograr en la vida es que mis hijos me miren como yo los miro –todavía, aunque
ya no estén dando vueltas por ahí- a ellos.
Y en esta
planificación de mi futuro volví a asomar mis narices a la cocina de las
noticias, y a compartir mi tiempo con políticos y periodistas, con funcionarios
y militantes políticos y sociales, con sindicalistas, con otros bloggeros,
intercambiando información, materiales de trabajo y escritos. A muchos
periodistas los veo publicar en sus blogs personales lo que no les permiten los
medios en los que trabajan. He visto a algunos perder su trabajo por hacerlo. O
que algún medio poderoso presione a otro pequeño para que cambie su línea
editorial. Y a otros periodistas –los estrella- hacerse los desentendidos ante
el reclamo de solidaridad por un compañero despedido, o los muchos desconocidos
pero que les hacen el trabajo, cuyos
sueldos no están siendo pagados. Los veo intercambiar mensajes insultantes,
cínicos, burlones mientras se televisan los informes que han producido. Los veo
anunciar una tapa antes de que salga a la venta, chicaneando para provocar la
crítica y poder así denunciar censura previa; y luego seguir insultando durante
toda la semana para provocar las reacciones que necesitan para victimizarse y
promover el aumento de ventas que necesitan. Y publicar igual una tapa blanca que
ya estaba preparada como respuesta al retiro de la publicación de los kioscos,
retiro al que apostaron pero perdieron. Leo a muchos periodistas del Grupo
Clarín ufanándose de que hay que ver si se logra aplicar la Ley de Medios,
porque apuestan a que el gobierno no llegue a diciembre, o llegue tan
debilitado que no pueda hacerlo. Y trabajan afanosamente para eso. Sólo les
anticipo algo: ¿vieron que con Martín Sabbatella hasta ahora nadie parecía
tener problemas? Prepárense para oir las peores cosas a partir del nombramiento
como autoridad de ejecución de la Ley de Medios: ya empezaron en la cocina y
esta mañana ya escuché bien temprano a Nelson Castro tratándolo de ignorante
sobre el tema.
Y los leo a
Patricia Bullrich y Eduardo Amadeo diciendo barbaridades, burlones, pero jamás
proponiendo una idea. A De Narváez tratando de hacer propio cualquier logro. A
López Murphy y Carrió opinando siempre a destiempo, esperando antes a ver qué
dicen los demás. Al propio Macri haciendo los comentarios y publicando las
fotos con los que después nos mofamos de él, y seguramente otros pensarán quién
sabe de dónde se obtuvieron. A Rodríguez Larreta, Esteban Bullrich y Laura
Alonso sembrando miedo con sus amenazas sobre lo que harán cuando lleguen al
gobierno nacional, como si ya no viésemos lo que le están haciendo a la ciudad.
A la gente del FAP resistiendo mal disimuladamente las nuevas y estratégicas
incorporaciones de políticos devenidos amplios y progresistas.
Aunque les
parezca mentira, también leo insultos y chicaneos de afines al gobierno, pero
ninguno de sus funcionarios, legisladores o militantes: insultan sólo simples
simpatizantes, de los que, por otro lado, hay de todos los partidos con igual
voracidad por la destrucción del otro. Y les aseguro que no los hay tan voraces
ni violentamente provocadores como los del PRO. Sí hay una suerte de “soberbia
k”, a la que describiría como la seguridad absoluta en que no importa lo que
digan de ellos, la gente igual va a ver lo que se hace y los va a seguir
eligiendo. Veo en ellos una “prepotencia de trabajo” que muchas veces los hace
cometer errores serios, groseros. Pero nada comparado con lo que veo en otros
sectores. Y ni que hablar con la impunidad que veo en algún periodista que,mientras
se anunciaba su procesamiento, publicaba socarronamente fotos dignas de un
mafioso o un narco.
Y yo estoy ahí,
en un lugar desde el que puedo ver todo esto. Tengo dos opciones: o me callo y
sigo la corriente, comentando lo mismo que comentamos todos después de leer el
diario y escuchar la radio. O cuento.
Soy austera: mi
libertad y mi dignidad son mi único precio. Y tengo la oportunidad de jugar,
por un rato, al oficio de mi primera vocación. Quizás algo que dentro de unos
pocos años esté haciendo en serio. Esto es lo que estoy haciendo: sólo cuento
lo que veo.
Viviana Taylor
18 de septiembre, 2012
sábado, 14 de julio de 2012
Dos años con la Ley de Matrimonio Igualitario
Le decíamos Carmiña, como
homenaje a la heroína de una novela televisiva que entonces estaba de moda. No
recuerdo su nombre; o quizás nunca lo supe. Era, para todos, simplemente Carmiña.
Así: sin apellido.
Sí recuerdo, en cambio, su cara
redonda, como de manzanita, con esos cachetes rosados típicos de la pubertad y
las hormonas que colorean la piel. Con pequitas. Y un cabello abundante,
ensortijado, de un castaño más bien rojizo. Ahora que lo pienso, lindo cabello
tenía.
Todos le decíamos Carmiña. Y
tanto se lo dijimos que su nombre quedó por ahí perdido, en los pasillos largos
de la escuela. Creo que hasta las maestras le decían así, aunque debo reconocer
que nunca oí a ninguna hacerlo. Pero tampoco oí a ninguna recordarnos su
verdadero nombre ni reprendernos. Y, a fuerza de no usarlo, este terminó siendo
el verdadero: el de la marca de la vergüenza.
Porque en aquellos años, que tus
compañeros de grado te llamaran Carmiña –y de tanto llamarte así, que toda la
escuela terminara haciéndolo- era la marca de la vergüenza. Carmiña sustituía
al tan grotesco “puto” y al tan vulgar “Mariquita”. Carmiña era, en boca de
estos chicos de buena familia, casi una concesión. Casi ni sonaba a insulto.
Era, casi, un nombre más. El nombre de la vergüenza.
Pero Carmiña no bajaba la cabeza:
se vengaba silenciosamente. Era lo que, años más tarde, escucharía llamar “un
puto malo”. Carmiña se rebelaba, se imponía, devolvía insultos, trataba de integrarse como fuera a
ese grupo que lo aceptaba con la condición de mantenerlo diferente. Y él, con
su diferencia, se las arreglaba. O eso parecía.
Cuando terminamos la primaria, todos
los grupos de 7º nos disgregamos entre las escuelas de la zona. Los que
seguimos estudiando -claro- porque en esos tiempos tampoco era lo obvio. Y como no habíamos compartido grado -sino
apenas los recreos de la escuela- y como no compartíamos amigos -porque Carmiña
parecía no tenerlos- le perdí el rastro.
Y así fue como no supe nada de él
hasta ese mediodía en que, a punto de entrar a clases en mi nueva escuela, me
crucé con la salida del turno de la mañana. Habían pasado apenas unos meses
desde que habíamos terminado la primaria, y ahí estábamos, frente a frente, una
vieja compañera de entonces y yo. Y la contundencia desangelada con que se
informan las trivialidades: “che, ¿te acordás de Carmiña? Se ahorcó”. Eso fue
todo.
Desde entonces, cada tanto me
acuerdo de Carmiña.
A veces me pregunto si ese final habrá sido cierto. Nunca
lo confirmé con nadie. Quizás, porque prefiero que quede así, en la posibilidad
de una duda en la que en realidad no creo. Pero que es consolador tener.
Otras
veces me pregunto qué habría sido de su vida si no hubiese sido su muerte. Y no
puedo dejar de pensar cuánto tuvimos que ver nosotros con ella. Y se me estruja
el corazón pensando en ese chico, a quien en realidad no conocí más que por su
nombre de la vergüenza, porque seguramente entre todos fuimos dándole pequeños
empujoncitos arrimándolo a su muerte. Y soy yo quien siente una
profunda vergüenza: vergüenza por no saber su nombre, vergüenza por los
compañeros que fuimos, vergüenza por las maestras que tuvimos, vergüenza por la
sociedad en la que vivíamos. Vergüenza.
Creo que hoy Carmiña podría estar
viviendo una vida que no sé si soñó, pero evidentemente no imaginó posible. Por
eso hoy estoy tan feliz: por todos los Carmiñas, los putos, los putos malos,
los Mariquitas, los chupapijas, los culorrotos, los maricones, los trolos, los
reventados, los degenerados, los invertidos, los travas, las machonas, las tortas,
las tortilleras, las trolas… en fin, por todas las personas que han sido
estigmatizadas durante tanto tiempo por su condición de género y sexual. Por los que durante tanto tiempo no tuvieron siquiera derecho a un nombre que los nombrara sin implicar vergüenza.
Y
estoy feliz también por todos los otros, los que quedamos del lado de la norma
y la regularidad, del montón y de la mayoría. Porque el reconocimiento de los derechos de unos nos liberan
a todos.

Carmiña: va por vos. Salud.
martes, 26 de junio de 2012
Romina Tejerina
Si la hubiesen escuchado, no la habrían violado. Si no la hubiesen violado, no se habría embarazado.
Si no se hubiese embarazado, o hubiese podido no continuar adelante con el embarazo, no lo habría ocultado.
Si no lo hubiese ocultado, no habría dado a luz sola en el piso de un baño.
Si no hubiese dado sola a luz en un baño, no habría matado a su beba.
Si no hubiese matado a su beba, una justicia que había decidido desde antes no la hubiese condenado...
Si no la hubiesen condenado, ni hubiese matado a su beba, ni hubiese dado a luz sola en el piso de un baño, ni se hubiese ocultado, ni se hubiese embarazado, ni hubiese sido violada, y la hubieran escuchado, hoy no estaría pidiendo a gritos que la encarcelen, porque no se sentiría culpable de un hecho del que fue víctima.
Este juicio fue la expresión más acabada de la violencia de género, que terminó con la muerte de una niñita inocente y con la vida de una jovencita.
Mientras tanto, su violador y su juez siguen adelante.
Viviana Taylor
Romina Tejerina, una a joven jujeña hoy de 29 años, fue condenada en 2005 a 14 años de cárcel por el homicidio de su beba recién nacida. El domingo 24 de junio, luego de haber purgado una condena de 9 años y 4 meses de prisión, recuperó su libertad, justo el día de su cumpleaños.
Acaba de padecer una crisis nerviosa, en la que -según sus allegados- empezó a gritar que quería volver a la cárcel.
jueves, 31 de mayo de 2012
Cosas que pasan mientras uno está en clase

Acerca de la donación
de órganos
Anoche me pasó algo súper
emocionante. Una de esas cosas que hacen
valer la pena tener facebook, postear "pavaditas" (son las que hacen
que los alumnos me lean "para ver qué puso la Taylor") y de vez en
cuando algo importante, como para justificar tanta tontería juguetona.
Resulta que faltaban unos 10 ó 15
minutos para terminar la clase en 2º B del Profesorado de Educación Primaria, y
una alumna me pidió si podía preguntar algo que nada tenía que ver con la clase
ni la materia. Me sorprendió, porque ninguno de mis alumnos suele ser tan
"considerado": siempre preguntan cosas que no tienen que ver ni con
la clase ni con la materia (claro que también preguntan sobre eso… pero no
siempre). Más me sorprendió ver las vueltas que daban (eran en realidad varias
quienes querían preguntar) hasta que se animaron y me pidieron que explicara
cómo era "eso de donar órganos". Y dio para hablar de un montón de
cuestiones, de derribar mitos urbanos con los que se suele aterrorizar a la
gente y operan en contra de la donación, para aclarar cuáles son las
condiciones en que se puede realizar la ablación, escuchar a compañeros que
experimentaron en su familia la donación y gracias a ella tienen a sus seres
queridos. Conversamos acerca de lo difícil que es la decisión para la familia,
por lo que también es un acto de amor relevarlos de tener que tomar esa
decisión, y manifestar nosotros mismos qué queremos hacer al respecto. Pero
sobre todo se creó un clima de emoción y amorosidad. También hubo un poco de
humor negro (ya me conocen): no me privé de bromear con que quizás un hijo de
ellos en el futuro estudie Medicina y les describa sus prácticas sobre un cuerpo
que quizás reconozcan como el mío.
Antes de irme, espontáneamente
(por eso no fue a todos) les dije a quienes iniciaron la charla que quería
mostrarles algo: les mostré el papelito que certifica mi voluntad de donación
para transplante o para investigación, que llevo siempre encima. Y les dije
que, si me va a "pisar" un camión, al menos quiero que de la
desgracia (mía) salga algo bueno (para otros).
Un beso grande a mis alumnos de
2º B de Primaria, anoche hicieron que valga especialmente la pena mi tarea.
Viviana Taylor
31 de mayo, 2012
P.D.: También los quiero a todos
los demás, no se pongan celositos... pero bue, anoche me pasó eso con ellos.
miércoles, 30 de mayo de 2012
El mito de la belleza y la domesticación de las niñas
“La dieta es el sedante más potente de la historia de las mujeres”
Naomi Wolf
Esta frase se me quedó grabada cuando a principios de los noventa leí el libro (imprescindible) “El mito de la belleza“, de Naomi Wolf. En el explica detalladamente como, por culpa de la presión para estar más delgadas, una legión de mujeres brillantes en vez de comerse el mundo y llegar donde les de la gana van a pasar casi toda su existencia amargadas, peleando contra sus cuerpos, haciendo dietas, operándose, sufriendo mucho o incluso muriendo demasiado pronto. Y sobre todo, esa legión de mujeres (muchas de las cuales ni siquiera llegan a estar enfermas desde el punto de vista médico) no van a tener fuerza, energía, ni ganas de competir con sus rivales masculinos, no van a alcanzar puestos de poder, ni van a poder rebelarse ante la tiranía de la belleza. Van a vivir sumisas, anuladas, o domesticadas.
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