domingo, 8 de mayo de 2016

La identidad como historia - Cuento


La observadora

Por Lourdes Alvez Taylor

Su nombre era Isabel. Era hija de unos padres cuyos nombres ya nadie recuerda, y hermana gemela de una chica olvidada. Isabel era una observadora, en el sentido más literal de la palabra. Nadie que no fuera cercano conocía los nombres de alguno de sus familiares. Pero todos la conocían a ella, la observadora le decían. Algunos dicen que de pequeña era muy temerosa para enfrentarse a la vida, pero realmente era la curiosidad lo que la había llevado a convertirse en eso.

Su vida como observadora comenzó cuando era muy pequeña. Una mañana de un día de julio se levantó y vio a su padre llorando en la mesa de la cocina. Ella no sabía por qué. Su madre lo único que hizo fue llevarlas a ella y a su hermana a la casa de sus abuelos. Ella tenía la necesidad de saber qué había ocurrido para que su padre llorara. Era una imagen que la había impactado. Al día siguiente comenzó a observar a todos de una manera distinta, como si en lugar de estar dentro suyo estuviera en un plano distinto desde donde veía todo como espectadora. Y así lo descubrió. Su padre lloraba así por una muerte. Pero no lograba comprenderlo. Ni siquiera comprendía el simple concepto de la muerte. En ese momento, aunque era demasiado pequeña para comprender los sentimientos de las personas, fue cuando se convirtió en una observadora.

Para ella la vida era como una escalera, una escalera empinada y difícil de escalar. Muchos la subían una y otra vez intentando aprender cómo llegar hasta el final, mientras que algunos se rompían completamente ante la primera caída. Otros se unían en grupos y, con confianza, subían juntos sabiendo que si caían alguien les estaría cuidando la espalda, mientras que demasiados se unían a grupos sabiendo que así llegarían más fácil al final y que cuando estuvieran allí dejarían que todos los demás cayeran. Pero la observadora prefería tomar otro camino: ella observaba todas las situaciones que se le presentaban, veía los comportamientos de las personas y las consecuencias que estos tenían, y así, año tras año, ella iba subiendo lentamente y con precaución. Ser una observadora le había enseñado muchas cosas, como que por un lado hay personas que harían todo por el bien y la justicia, y que por otro lado hay personas que -si pudieran ser los reyes de las cenizas- se sentarían a observar cómo todo arde.

Le gustaba su vida como observadora. Estaba tranquila y se evitaba todos los problemas absurdos que sufría su hermana por involucrarse con personas de su edad. O al menos a ella le parecían absurdos. Las experiencias con su hermana le habían enseñado que el poder es algo tan irreal que se le termina dando demasiada importancia. Ella creía que el poder realmente no existía, sino que era algo abstracto que cada persona depositaba donde creía que era correcto. Para algunos el poder era la religión, la inteligencia, o el dinero. Para su hermana, el poder eran todos los demás. Para ella el poder era el poder, algo abstracto que no reside en ningún lugar más que en sí misma.

Cuando llegó a la edad adecuada entró en la universidad. Su madre se oponía. Decía que la universidad estaba llena de peligros y de gente que solo traía problemas, mientras que su padre simplemente dijo que la prefería en el ambiente universitario que casándose con el primero que se le cruzara, como su hermana. Y ella, habiéndolos observado por años, sabía que su padre era en quien debía confiar. O tal vez, en quien quería confiar.

En la universidad, la observadora se sentía en el lugar perfecto. No solo adquiría conocimientos por medio de los libros, sino que tuvo la experiencia de conocer tipos de personas que nunca había observado. O más bien, que nunca se había dado cuenta de que los observaba. Personas energéticas, con cosas para decir, jóvenes o no de cuerpo, pero todos jóvenes de alma: esa fue la primera impresión que tuvo sobre las personas que luego se convirtieron en sus primeros amigos, o como ella los llamaba, sus compañeros. Algunos de ellos eran observadores, otros no, pero eran las primeras personas con las que podía compartir todo lo que había aprendido observando. Aunque no sabía cómo sentirse al respecto. Decía cosas de las que su padre estaría orgulloso de escuchar pero que a su madre le darían un ataque, por lo que quiso mantenerse al margen de la situación, aunque como observadora había algo que no sabía manejar, y ese algo eran las emociones reales. Una vez que se sintió realmente viva -aunque siguiera observando- ya no pudo mantenerse al margen de la situación.

Solo cuando estaba con ese grupo de compañeros, la observadora volvía a ser Isabel: una persona real que se involucra como cualquier otra, al punto de estar en pareja con uno de ellos. Se llamaba Juan. Algunos dicen que era tan observador como ella, y que el único que conocía los planes de esa joven pareja, además de ellos, era Dios. Pero ellos sabían que no era así.

La observadora vivía tranquila. Ella pensaba que al estar apartada de casi todos y conocer tan bien a la gente estaba segura. Pensaba que nada la perturbaría. Estaba segura. Pero esa seguridad no duró mucho.

Toda la familia estaba reunida en la casa de sus padres para celebrar el cumpleaños de ella y su hermana. Ese era uno de los pocos momentos que ansiaba, ya que su hermana tenía una relación muy seca con su padre, y ese era el único día del año en el que se demostraban un poco de afecto. Todos sus tíos y primos habían llegado ya. Incluso Juan. Pero su padre no apareció. Cuando pasó un tiempo prudente la celebración inició sin él. Todos comieron y, en cuanto terminaron, se fueron sin decir nada sobre lo ocurrido, incluso su hermana lo hizo. Juan quería quedarse. Creía que eso sería lo más seguro, pero la madre de la observadora lo echó como si fuera un intruso. Ella se quedó despierta hasta altas horas de la noche esperando. Pero su padre nunca volvió.

Esa misma noche, observó cómo su madre enterró en el jardín trasero todos los libros de su padre, todas las cartas que él guardaba, muchas fotos. La vio enterrar todo lo que él era. Para muchos esa hubiera sido una imagen dura e inexplicable, pero ella lo comprendió, comprendió por qué lo hacía. Ese fue el primer momento de toda su vida en que comprendió por qué su madre era así. El primer momento en que pensó que era buena idea confiar en ella. El primer momento en que descubrió que había personas a quienes no podía descifrar tan solo observándolas cada día, sino que había cosas que se guardaban para sí mismos.

Una tarde de un día precioso, años después de lo ocurrido con su padre, cuando ella volvió a su hogar luego de ir a darle a su madre la noticia de que estaba embarazada, se encontró con su esposo caminando de un lado para el otro, con lágrimas en los ojos. Y en ese momento, a diferencia de cuando era pequeña, supo lo que había ocurrido sin que él le dijera nada. Tal vez fuera porque lo conocía tanto como se conocía a sí misma, o porque como observadora se había dado cuenta de que en los últimos meses había estado pasando algo distinto a pesar de que todos pensaban que sería igual que las otras veces. Ella ya había aprendido a vivir con eso. A muchos les pasaba lo que había ocurrido con su padre, y ella sabía que en algún momento le tocaría. Pasaron unos pocos días y ya nadie volvió a saber nada de Isabel ni de su esposo.

Ella creía que una persona moría cuando ya nadie recordaba su nombre ni nada sobre ella. La observadora logró trascender, aunque no de la manera en que todos desean hacerlo. La observadora finalmente había subido la escalera. Pero dando un paso más allá que todos los demás, un paso del que no sabía si se arrepentía, pero del que estaba orgullosa.
Lourdes Alvez Taylor
 
Mención especial categoría Cuento
Olimpíadas Literarias 2015 – San Miguel
 
 
 
 

domingo, 8 de marzo de 2015

8 de Marzo: Día Internacional de la Mujer Trabajadora

 
 

Cóncavas y convexas


Viviana Taylor


Las mujeres somos cóncavas.

La curvatura de nuestro cuerpo abraza y protege.

Cóncavas. No huecas.

Contenemos nuestros sueños

Que son también los sueños de otros.

Porque las mujeres, mujeres-mujeres,

Somos colectivo

Que no se piensa sola.

Pequeñas mujeres

Que contienen padres y hermanos.

Pequeñas mujeres

Que aprenden a contener amigos.

Pequeñas mujeres

Que se abren a contener

El mínimo mundo que la experiencia infantil transita.

Mínima extensión, anchísima experiencia.

Y así van ellas, las pequeñas vueltas adolescentes,

Tan ellas.

 Conteniendo sentimientos,

Pensamientos,

Emociones.

Conteniendo dolores prójimos

Como propios.

Conteniendo dolores propios

Jamás ajenos.

Con nuestra concavidad expuesta,

Revelada y rebelada.

Nuestra concavidad hecha luz

Echando luz sobre lo que nos falta.

Y así vamos conteniendo

La percepción del mundo

Que desde nuestra concavidad construimos.

Concavidad que se ensancha

Conteniendo parejas, amores,

Hijos.

Y tanto contiene nuestra concavidad

Que finalmente se tensa como un arco.

Y la concavidad que resistió conteniendo

Eyecta revolución, proyecto.

Y allí estamos.

Aquí estamos.

Somos una legión de mujeres

Cóncavas y convexas.

Con nuestras entrañas

Colmadas de hijos

Que no son sólo nuestros hijos.

Colmadas de proyectos

Que no son sólo nuestros proyectos.

Colmadas de amores y sueños

Que no son sólo nuestros amores y sueños.

Colmadas de vida.

Y vamos sembrándonos en el trabajo,

En la militancia,

En la familia.

Derramándonos.

Colmándonos.

Nunca vacías.

 

Para ser mujer

Hay que ser cóncava.

Ser cóncava

Para  ser convexa.

 

Viviana Taylor

 

lunes, 22 de septiembre de 2014

La flor de nácar


 
 
Por Viviana Taylor
 
 
El primer brote llegó desde España.
Nunca conocimos la fecha exacta ni la razón urgente que empujó al viaje, aunque siempre supimos que eran cuestiones políticas de las que ninguna, sobre todo Ana (quien algunos años después sería la madre de mi abuelo materno), estaba dispuesta a hablar. Ella, reciente viuda y con sus tres hijas, se refugió entre los baúles de un barco con las únicas pertenencias de lo que llevaba puesto y poco más: un óleo de quien había sido su marido, y un brote de flor de nácar.
Cuenta la historia –o más bien, contaron los hijos que vinieron después, con un nuevo matrimonio- que no paró de huir hasta que la cordillera la detuvo. Y allí prendió el único lujo que conoció la casa que pocos años  después volvió a encontrarla viuda y con multiplicados niños, entre las adolescentes y los dos bebés que –apenas con un año de diferencia- se sumaron antes de que volviera a quedarse sin compañero.
Un segundo brote, hijo de aquel que engalanó la casa de Mendoza y nieto del llegado en barco de España, fue llevado por mi abuelo a la casa donde enraizó su propia familia, en las lejanas tierras bonaerenses de Lomas de Zamora. Se adaptó al clima y –con la prepotencia de los sobrevivientes de varias guerras- se transformó en una ostentosa pérgola que atraía a las abejas y los colibríes, y sobre la cual –contaba mi abuela- de noche croaba un escuerzo. Longevo escuerzo… pasaban los años pero el relato se renovaba: y sobra decir que los demás nunca lo oímos ni vimos. Pero, con ese modo de saber lo que no se sabe, nunca dudamos de que allí habitara y lo imaginábamos espiándonos en las meriendas de leche o granada, y en los atardeceres con picada de salame, pan y queso.
Un  tercer brote viajó a Muñiz llevado por mis padres. Y era una fiesta esperar a ver sus paragüitas floridos colgando cabeza abajo, anunciándonos la prontitud de las fiestas: siempre aparecían poco antes de la Noche Buena. Y con ellos, nuevamente llegaban las abejas y los colibríes. Y un hilo invisible se extendía tejiendo vínculos entre generaciones, cuando mi madre repetía la historia que no nos cansábamos de escuchar sobre aquel primer brote que había llegado de tan lejos y no había cejado en viajar donde quisiera que la familia fuera.
Yo fui más nómade. Sucesivos brotes me acompañaron en cada una de mis cuatro casas. Cada vez que todo cambia, hay algo que permanece: siempre tengo mi flor de nácar sobre la que, a esta altura, ya perdí el cálculo de qué eslabón le corresponde en la genealogía.
Hoy se multiplica en varios brotes que, desde hace algo más de dos años, sucesivamente fui plantando “por las dudas” y, milagrosamente, todos prendieron.
Esta mañana, mientras regaba mis plantas, una de ellas me sorprendió: no esperaba que floreciera todavía. Es que es una planta celosa, y un tanto veleidosa. A su propio ritmo, florece puntualmente cada año, pero elige cuándo está dispuesta a que sea el primero. Y esta no sólo decidió hacerlo, sino que se adelantó a su tiempo: sus botones se mostraron apenas iniciada la primavera. Esta vez decidió no esperar el verano.
La miro y veo toda su historia. La veo viajando entre mujeres asustados, huyendo de y con sus miedos. La veo estallando su belleza en la pobreza más pobre, y prosperando después de viajar de nuevo. La veo multiplicarse en la casa de mis padres, y acompañarlos en sus propias mudanzas, en las que no todo era nuevo. La veo reproducirse en las mías, siempre presente, y me pregunto si también mi hermano tendrá sus propias flores de nácar devenidas de aquella estirpe mendocina que zarpó de España en otro siglo, del que ya pasó más de uno entero.
La miro y veo que la que floreció no es cualquiera de las que hoy me acompaña. No es la nacida de alguno de los brotes de las macetas del balcón, ni la que se expande más allá de la jarra de vidrio reciclada. No: es la que crece en la tetera vieja. Esa que rescaté cuando ya nadie la quería porque era la última sobra de un juego de té que alguna vez había sido bello y ya ni siquiera era. La que ni tapa tenía, y sólo conservé porque había sido de mi bisabuela. De la otra, la madre de la madre de mi madre: la otra que vino de España huyendo del destino que las tradiciones, la política y la pobreza habían elegido para ella.
Y allí florece la planta que una de mis bisabuelas maternas trajo como único tesoro de la tierra de la que había sido expulsada, sin sospechar que más de un siglo después crecería en la tetera de la que había bebido una compatriota también transterrada –de otra clase social, otra extracción política, con otras convicciones religiosas, pero azarosamente hermanadas en el exilio y la pobreza- por entonces desconocida, y que se convertiría en su consuegra.
Hermosa metáfora de lo que ha florecido de mis bisabuelas.
 
Viviana Taylor

lunes, 16 de diciembre de 2013

Un ángel

 
 
 
 
En memoria de Carolina

 
 
 
 
Viviana Taylor

La primera vez que la vi estaba recostada, mirando la pared. No sé qué veían otros al mirarla. Pero yo sí sé qué vi.

Era un ángel con todo lo que tiene un ángel. Sus ojos podían encenderse de un modo muy especial. Y en ellos se mezclaban la alegría con la tristeza, la risa con la pena, el miedo con la esperanza. Eran ojos encendidos de vida. Ojos con una mirada llena de ternura. Ojos que resistían.

Era un ángel con todo lo que tiene un ángel. Y tan ángel era que hasta tenía alas. Alas incómodas, que no le permitían recostarse sobre su espalda. Pero que no le estorbaban para abrazar, para bromear, para acariciar el rostro de su madre, para besar a su marido. Ni para llevar su carga.

Era un ángel con todo lo que tiene un ángel. Un ángel que, aun cuando parecía que renunciaba, tomaba fuerzas de donde fuese que se le llegaran. Fuerza de las ganas de volver a su casa para estar con sus niños. Fuerza para comerse un flan que separó mi mamá de su propia cena y que -aunque ya no quería comer porque a todo le sentía gusto a nada-  lo acabó sin protestar y con una sonrisa plena, sólo porque se lo había dado ella.

No compartimos mucho tiempo. Si no nos hubiese tocado estar allí, donde no queríamos, seguramente no nos habríamos conocido.

Pero esos días -los más profundos, intensos y trascendentes que recuerdo- atravesamos el desierto. Un desierto en el que caminábamos muchos, cada uno llevando su dolor y tomando de la mano a quien iba al lado, ayudándole a llevar su propio dolor. Dolores que dejaban de sernos ajenos.

Un desierto donde, a pesar de todo, compartimos bromas. Y nos reímos. Y nos contamos las vidas que teníamos y nos esperaban afuera. Y donde, cuando el ángel y mi madre dormían -las camas tan cercanas que hasta pudieron en alguna ocasión tomarse las manos- su madre y yo caminamos largos pasillos durante interminables noches, sosteniéndonos mutuamente  y  con esos otros que también emergían como fantasmas cuando todo parecía estar dormido. Porque nadie sobrevive solo al desierto. Ni se puede atravesar sin lazarillo el infierno.

Un día el ángel lució radiante. Y sus ojos se limpiaron de sombras, brillando sólo con alegría. Y sus mejillas se pusieron rosadas. Y se arregló el cabello más hermoso que pueda imaginarse. Y fue a su casa, con su madre, su hombre, sus niños…
Mi madre permaneció unos días más, hasta que se entregó a un profundo sueño.

Desde entonces mi madre descansa. Hoy supe que el ángel fue a su encuentro. Las imagino mirándonos, un poco apenadas por todos nosotros, pero seguramente bromeando con ese humor negro que nos sostuvo por aquellos días.
Deben estar compartiendo un flan. Esta vez con caramelo.

Viviana Taylor

 

 

viernes, 8 de marzo de 2013

¿Día Internacional de la Mujer? ¿O día Internacional de la Mujer Trabajadora?

A pesar de que oficialmente, desde 1975, la ONU estableció el 8 de marzo como el Día de la Mujer Trabajadora, la celebración que conmemora un siglo de lucha por la igualdad, la justicia y el desarrollo de las mujeres, va directamente unido al concepto de «trabajadora» que dio origen a esta fiesta.

 
 

jueves, 13 de diciembre de 2012

¿Mujercita? ¿Quién quiere ser mujercita?





Sé amable, aunque algunos te crean fácil. No hay peor hipocresía que hacerse la difícil para después consentir. Si se teme la mala interpretación de nuestros pensamientos, sentimientos o moral, con ser clara se superan las dudas. En cambio, la ficción siempre es confusa, genera la percepción en los demás de que somos volubles, de no saber lo que queremos, o de jugar con sus sentimientos, su tiempo y sus vidas.

Se digna, aunque te digan orgullosa. Nos han enseñado que el orgullo es un pecado, pero hay más virtud en él que en la falsa humildad.

Ríe: tímidamente, con media sonrisa, a boca llena, apenas insinuándolo, y también a carcajadas. La risa es una conducta típicamente humana. No hay razones para ahorrarla. Ni para regalarla cuando la situación no lo amerita: justamente porque es una conducta típicamente humana. De qué y cómo rías también te define.

Mira de frente, si no tiene nada que ocultar. Y siempre a los ojos. Las personas que se comunican lo hacen con los ojos revelados.

Sé tierna, y cada vez que sea necesario, sé flexible. La inflexibilidad es el refugio de los débiles de carácter. Quienes nos sentimos fuertes -y lo somos- sabemos cuándo es necesario condescender, e -incluso- regalar una victoria. Los fuertes no ganamos batallas a lo Pirro.

Sé alegre, y no temas por ello caer en la frivolidad: la alegría es un atributo de los inteligentes; la frivolidad de los superficiales. La alegría jamás es superficial; en cambio, la solemnidad no es más que frivolidad disfrazada de seriedad.

Conversa. Nadie conversa mejor que un conversador apasionado.  Nadie aburre más que quien se aburre a sí mismo. La mesura debería operar sólo sobre el propio pensamiento, para que lo que se diga no dañe innecesariamente a los otros. Si la conversación es generosa, es –necesariamente- abundante.

Sé dulce, la dulzura cuando es amorosa- nunca empalaga. Igual que  el azúcar, empalaga si está procesada, jamás cuando es natural. Empalaga la dulzura fingida.

Ama sin dudas, sin celos, sin desconfianza. El amor no es un estado para cobardes: siempre implica riesgos.  Un amor autolimitado no vale la pena, en ninguna de sus dimensiones. Si te genera dudas, celos o desconfianza, eso que estás sintiendo no es amor. O está contaminado: hay que purificarlo.

Oye con oídos abiertos a la verdad: la verdad siempre se manifiesta a sí misma cuando uno está dispuesto a escucharla. El problema nunca es lo que otros dicen, sino lo que se quiere escuchar,  el estar dispuestos a escuchar a medias. Y se escucha a medias cuando sólo se escuchan las palabras, sin su contexto. Un buen escuchador –a la larga o a la corta- sabe ver lo verdadero aún en medio de la falsedad.

 Y sé mujer: las muñecas no sienten, no piensan, no viven. Que nadie te haga creer que se es más y mejor mujer viviendo a medias. Que nadie te haga creer que hay un modo de serlo: descubrí tu propia manera de ser mujer. Y vivíla plenamente. Nadie puede ser más mujer que vos, a tu propia manera.
 
Viviana Taylor

martes, 18 de septiembre de 2012

Por qué cuento lo que cuento


Voy a contarles algo que pocos saben, excepto que lo hayan vivido conmigo, porque jamás lo he contado. Ojalá muchos lo lean, sobre todo quienes se preguntan por qué vengo contando las cosas que cuento estos últimos tiempos. Algo de lo que si bien solía charlar, no formaba parte de mis posteos.

Estoy entrando en los que supongo serán los últimos 3 años de mi carrera. Y decidí ir armándome un proyecto nuevo, porque no quiero pasar lo que me queda de vida mirando televisión y aburriéndome intrascendentemente. No me jubilo porque ya no quiera o no pueda seguir dando clases: me jubilo cuando todavía siento pasión haciéndolo. Y me gusta ver los ojos de los alumnos cuando me miran, y no quiero encontrar una mirada diferente. No creo que los futuros alumnos ni yo nos merezcamos menos. Así que decidí reflotar una vieja y primera vocación para ir dedicándome a ella en el futuro: el periodismo social. Y como no necesito más de lo que tengo –soy austera, y mi austeridad es la clave de mi libertad- decidí hacerlo tal como lo hago ahora: vocacional y no profesionalmente.

Otra cosa que nunca he contado, así que pocos saben, es que alguna vez coqueteé con el oficio. En un lugar privilegiado de mi biblioteca hay algo que me enorgullece enormemente pero que pasa desapercibido para los demás: la medalla con que me honró el Círculo de Periodistas de General Sarmiento por mis aportes al desarrollo del periodismo estudiantil. La fecha no es lo de menos: 7 de junio de 1982 (descansa al lado de otra, que me entregó dos años antes el Círculo Sanmartiniano por un trabajo sobre historia política argentina con el que representé a la escuela y al distrito en la Biblioteca Nacional). Ese mismo año la escuela enmarcó la nota que había escrito sobre Malvinas al finalizar la guerra y me la regaló con una notita que todavía está pegada detrás: a la redactora más prolífica. No fue fácil escribirla, sobre ese tema ni en ese tiempo. Pero a los 16 años uno tiene esa mezcla de inconciencia y omnipotencia que sólo vuelve a la vuelta de la vida… Fue la primera vez que se me acercó gente desconocida a abrazarme emocionada por algo que había escrito. Mis padres, en cambio, temblaban de miedo: a esa altura ya estaba colaborando en la fundación de un periódico local, y ya nos habían seguido los inolvidables falcon verdes, ya nos habían parado a pedirnos documentos, ya nos habían palpado de armas, ya nos habían dicho “déjense de joder, pendejos”… y todo el ritual de la época. Esa nota y ese premio también me valieron un trabajo en la primera agencia periodística que conocí, y donde aprendí la cocina del oficio. Todavía funciona, en el mismo lugar donde se hacía el recordado diario Crítica (para los más jóvenes, no el de Lanata, sino el de Natalio Botana). Ahí fue donde vi discutir a un grupo de viejos periodistas y un editor sobre la publicación o no de un recuadro donde habían inventado que una actriz era lesbiana “por zurdita” (era tan peligroso ser una cosa como otra, pero mintiendo lo primero buscaban estigmatizarla entre colegas). Los periodistas y los pasantes iban y venían entre agencias: en los almuerzos te enterabas de lo que sucedía en todos lados, en todas ellas, en todas las redacciones de todos los diarios. Ahí fue donde oí hablar por primera vez de Papel Prensa. En esas oficinas fue donde, desencantada, decidí ser maestra. Pero nunca dejé de escribir: por ahí hay dando vueltas algunas otras cositas, entre las que destaco un primer premio categoría cuento de SUTEBA, que siento especial porque éramos todos maestros. Y porque me regalaron unos libros que valoro mucho y una estadía para dos personas en el recién inaugurado Hotel de Mar del Plata que disfrutaron mis viejos. Y escribí muchos artículos académicos, publicados por aquí y por allá, en papel y electrónicamente, que me abrieron otras puertas, a otras experiencias.

 Y acá estoy, planificando mi vida de pronta jubilada. Es inevitable que vuelva a revolver mis viejos papeles y aparezca aquella vocación primera. Tengo otra edad, otra experiencia, caminé por muchos caminos diferentes; he fundado escuelas, he militado y he hecho trabajo comunitario… En fin, me pasó la vida por arriba, por al lado y por encima. No me asusta el desencanto porque he visto lo mejor y lo peor en cada lugar por el que he andado.  Estoy lista para lo que otra vez tengo ganas de hacer. Y como soy austera, como dije antes, no necesito más de lo que tengo: eso me hace libre de hacer lo que quiero, como quiero. Y quiero hacerlo honestamente porque lo único que me importa en serio es mantenerme íntegra y digna: la integridad  y la dignidad es lo único que no se pierde ni se roba. Se entrega. Y yo no me entrego: lo aprendí de mi viejo y de mis abuelos, que militaron por sus ideales en cada intersticio en el que pudieron hacerlo. Lo único que quiero lograr en la vida es que mis hijos me miren como yo los miro –todavía, aunque ya no estén dando vueltas por ahí- a ellos.

Y en esta planificación de mi futuro volví a asomar mis narices a la cocina de las noticias, y a compartir mi tiempo con políticos y periodistas, con funcionarios y militantes políticos y sociales, con sindicalistas, con otros bloggeros, intercambiando información, materiales de trabajo y escritos. A muchos periodistas los veo publicar en sus blogs personales lo que no les permiten los medios en los que trabajan. He visto a algunos perder su trabajo por hacerlo. O que algún medio poderoso presione a otro pequeño para que cambie su línea editorial. Y a otros periodistas –los estrella- hacerse los desentendidos ante el reclamo de solidaridad por un compañero despedido, o los muchos desconocidos pero que les hacen el trabajo,  cuyos sueldos no están siendo pagados. Los veo intercambiar mensajes insultantes, cínicos, burlones mientras se televisan los informes que han producido. Los veo anunciar una tapa antes de que salga a la venta, chicaneando para provocar la crítica y poder así denunciar censura previa; y luego seguir insultando durante toda la semana para provocar las reacciones que necesitan para victimizarse y promover el aumento de ventas que necesitan. Y publicar igual una tapa blanca que ya estaba preparada como respuesta al retiro de la publicación de los kioscos, retiro al que apostaron pero perdieron. Leo a muchos periodistas del Grupo Clarín ufanándose de que hay que ver si se logra aplicar la Ley de Medios, porque apuestan a que el gobierno no llegue a diciembre, o llegue tan debilitado que no pueda hacerlo. Y trabajan afanosamente para eso. Sólo les anticipo algo: ¿vieron que con Martín Sabbatella hasta ahora nadie parecía tener problemas? Prepárense para oir las peores cosas a partir del nombramiento como autoridad de ejecución de la Ley de Medios: ya empezaron en la cocina y esta mañana ya escuché bien temprano a Nelson Castro tratándolo de ignorante sobre el tema.

Y los leo a Patricia Bullrich y Eduardo Amadeo diciendo barbaridades, burlones, pero jamás proponiendo una idea. A De Narváez tratando de hacer propio cualquier logro. A López Murphy y Carrió opinando siempre a destiempo, esperando antes a ver qué dicen los demás. Al propio Macri haciendo los comentarios y publicando las fotos con los que después nos mofamos de él, y seguramente otros pensarán quién sabe de dónde se obtuvieron. A Rodríguez Larreta, Esteban Bullrich y Laura Alonso sembrando miedo con sus amenazas sobre lo que harán cuando lleguen al gobierno nacional, como si ya no viésemos lo que le están haciendo a la ciudad. A la gente del FAP resistiendo mal disimuladamente las nuevas y estratégicas incorporaciones de políticos devenidos amplios y progresistas.

Aunque les parezca mentira, también leo insultos y chicaneos de afines al gobierno, pero ninguno de sus funcionarios, legisladores o militantes: insultan sólo simples simpatizantes, de los que, por otro lado, hay de todos los partidos con igual voracidad por la destrucción del otro. Y les aseguro que no los hay tan voraces ni violentamente provocadores como los del PRO. Sí hay una suerte de “soberbia k”, a la que describiría como la seguridad absoluta en que no importa lo que digan de ellos, la gente igual va a ver lo que se hace y los va a seguir eligiendo. Veo en ellos una “prepotencia de trabajo” que muchas veces los hace cometer errores serios, groseros. Pero nada comparado con lo que veo en otros sectores. Y ni que hablar con la impunidad que veo en algún periodista que,mientras se anunciaba su procesamiento, publicaba socarronamente fotos dignas de un mafioso o un narco.

 

Y yo estoy ahí, en un lugar desde el que puedo ver todo esto. Tengo dos opciones: o me callo y sigo la corriente, comentando lo mismo que comentamos todos después de leer el diario y escuchar la radio. O cuento.

Soy austera: mi libertad y mi dignidad son mi único precio. Y tengo la oportunidad de jugar, por un rato, al oficio de mi primera vocación. Quizás algo que dentro de unos pocos años esté haciendo en serio. Esto es lo que estoy haciendo: sólo cuento lo que veo.

 

Viviana Taylor

18 de septiembre, 2012