jueves, 28 de enero de 2010

Cosas que me pregunto...


o

ambigüedades ontológicas acerca de los niños por nacer



Esta semana ocurrió un hecho por demás desgraciado. El boxeador Rodrigo "la hiena" Barrios, en una aparente loca carrera, chocó a un automóvil que estaba parado frente a un semáforo en rojo, e inició una carambola que culminó con la muerte de una joven embarazada.

Es extraño... pero ser una joven embarazada le imprimió un dramatismo especial a la noticia. Como si la vida de la joven se viera especialmente enriquecida por el embarazo. Pero parece que en realidad no, ya que ante la pregunta de diferentes periodistas en distintos medios, varios abogados coincidieron en que la pena no se vería agravada por tal hecho, ya que "un niño por nacer no puede ser muerto". Por lo tanto, se trató -legalmente- de un único homicidio culposo.


Extraño... me siento confundida desde la primera vez que oí la opinión. Y confieso que primero pensé que se trataría de la posición personal de un abogado, y no de una cuestión de doctrina: ¿cómo es posible que, el mismo "niño por nacer", no pueda ser "matado" en un caso como este pero, si la mujer hubiese decidido interrumpir su embarazo, el aborto sí sería punible para ella y para quienes hubieran participado?. Pero parece que es así, nomás... al menos eso dijeron todos los abogados a los que escuché opinar sobre el tema.


Y yo me pregunto: ¿será que hay diferentes definiciones legales sobre "niño por nacer"?

¿Será que un niño por nacer no tiene vida de hecho -sino apenas como posibilidad- y por lo tanto no puede ser "matado", ya que no se le puede quitar a alguien lo que no tiene?

¿Será que no se puede alegar por su derecho a la vida, porque el derecho comienza cuando la vida se hace efectiva, esto es, a partir del nacimiento? ¿Será que ese es el momento en que, como persona con vida independiente, se hace acreedor de sus derechos?


Entonces, si esto es así, ¿será que el aborto, en todo caso, se trata de otro tipo de delito, que no tiene que ver con quitar una vida donde todavía no la hay con autonomía?

¿Qué es, entonces, lo que se pena cuando se pena un aborto? ¿Se pena a una mujer, cuya sexualidad se ha hecho evidente con el embarazo, y sólo asumiéndose como madre puede legitimarla?

¿Será por eso que estamos más inclinados a aceptar la interrupción de un embarazo cuando es fruto de una violación, sobre todo si se trata de una menor o una discapacitada mental? ¿Porque se trata del embarazo de una mujer que no ha sido sujeto de su génito-sexualidad, sino objeto de la genitalidad de otro, y se acepta que se pueda borrar esa marca?

¿Borrarla como qué? ¿Como que acá nada ocurrió? ¿Silenciar lo que ha acontecido en su cuerpo? ¿O silenciar lo que el hombre es capaz de hacer en el cuerpo de la mujer, porque es tan difícil de asumir la violencia genital y sexual masculina sobre el cuerpo femenino, como la genitalidad femenina?

¿Por eso, si una mujer casada denuncia que su embarazo es fruto de una violación perpretada por su marido, se volverá a su casa doblemente humillada?


Si esta joven no hubiese estado embarazada, ¿igual seguiríamos hablando de ella? ¿O sólo nos condoleríamos de la mala suerte del campeón caído?

Y si esta joven hubiese sobrevivido, y no así su embarazo. ¿Qué diríamos? ¿Que perdió a su niño? ¿Dónde lo perdió? ¿Cómo es que "se pierde a un niño"? Suena a descuido. O, en el mejor de los casos, a fatalidad.

¿Y cuál habría sido la carátula de la causa? ¿Lesiones? Y si la vida de la mujer no hubiese estado nunca en peligro, apenas si hubiese perdido su embarazo, ¿podría alegarse que se trató de lesiones graves?


En fin... parece que un niño por nacer no es un niño. Salvo que la mujer que lo lleva en su vientre decida, ella misma, dejar de portarlo. Y entonces sí, toda la fuerza de la ley sobre ella. Y sobre sus cómplices.

miércoles, 20 de enero de 2010

domingo, 22 de noviembre de 2009

martes, 20 de octubre de 2009

Quizás sea inevitable que caiga




Quizás sea inevitable que caiga.
Todos,


en algún momento,
caemos.
Es parte de la vida,
y sin embargo,
creo que por un giro de la suerte
o por un loco acaso


en medio de la caída pueda tener
un instante de libertad...


Es, quizás, inevitable que caiga.
Pero si me es dado un único deseo


sólo pido tener la fuerza suficiente
para inclinarme un poco,
acomodar mi cuerpo,
y caer a tu lado.
Aunque ya no pueda detenerme.


Quizás sea inevitable que caiga.
Y quizás me toque un abismo
fuera de todo espacio y tiempo.
Pero si pudiera elegir,
si tuviese ese segundo de libertad
me juego todo mi destino:
Te elijo.
Quiero caer contigo.

jueves, 6 de agosto de 2009

Es


Es un día soleado,
es el aliento mismo del viento.
Es quien desata mi mente,
con quien cobro vuelo.
Por él se agita mi alma,
baja a mí en él el cielo.
Es quien enciende mi piel,
quien conquista mi deseo.
Son suyas todas las voces,
el mismo fragor del trueno.
Suyo cada rayo de luz.
Es canela e incienso.
En él me he vuelto yo misma ,
reconozco mis palabras,
reencuentro mis sueños.
Todo de ternura tibia
arrulla mi sueño.
Suyas la fortaleza de la montaña,
la contundencia del hielo.
El calor mismo de las llamas
que me consumen.
Mi camino.
Mi regreso.

sábado, 18 de julio de 2009

Los platos de la abuela



No, no era exactamente que la sintiera fruto del fracaso. La casa que acababa de comprar tenía todo para que me llenara de orgullo: era la primera vez que compraba una propiedad sola, para mis hijos y para mí, y había logrado superar los miedos y las miserias –materiales y de las otras- en las que me había sumergido un divorcio demasiado doloroso. Era señal de haberme puesto de pie.
No, no era exactamente que me pareciera demasiado pequeña. No tenía ni las dimensiones ni las comodidades de la casa que había dejado, pero tampoco sus silencios ni sus mañas de casa vieja reciclada. Y esta parecía ajustarse mejor. Nos calzaba como ropa nueva hecha a medida. Era para nosotros.
Y no, no era exactamente que no me gustara. Era bella. Sencilla y bella. Paredes blancas, mucha madera… cálida. Eso decían todos los que entraban. Y que se me parecía. Así que tampoco era que no me identificara.
Sin embargo, algo faltaba. Cada mañana me sentaba en la cocina, frente a la ventana, diciéndome que la felicidad era poder disfrutar ese mate, viendo el sol sobre las hojas de las plantas (por no sé qué extraña asociación, siempre la felicidad se me representa como sol trasluciéndose en las hojas). Y cada fin de semana me afanaba por habitarla toda, como si usar todos los cuartos me ayudara a sentirla más mía. Pero algo faltaba.


Una mañana llegó mi papá con un regalo extraño, envuelto en papel de diario. Eran los platos de la abuela, esos dos platos feos que habían presidido desde siempre el patio de la casa donde me pasó mi familia. Esos platos que deben estar en las fotos de todos los cumpleaños familiares de mi infancia, y más también. Y en las de las navidades. Y en esas otras, las ocasionales, las porque sí. Bajo esos platos sucedió todo.


Y fue mágico. Fue poner los platos en la pared, y mi casa ya no era mi casa. Era mi hogar. Y lo habitaron los olores de los estofados de la abuela, y volvieron sus risas y sus berrinches, y sus bromas siempre subidas de tono, y sus dichos de vieja sabia. Y las voces subidas de las reuniones. Y los gritos de los chicos, hasta que el silencio preanunciaba el desastre. Ya no iba a necesitar habitar todos los cuartos. Ya no se sentían vacíos ni ajenos. Era mía, la poseía.


Antes de ayer, a la mañana, la pluma rebelde de un plumero loco decidió que ya había sido suficiente. Dos platos feos en la pared eran demasiado. Y con un golpe preciso, arrojó uno contra el piso. Lo vi caer. Fue en cámara lenta. Y no atiné a atajarlo. Ni me moví. Me detuve, simplemente, viéndolo. Incrédula. Fue el plumero, pero pareció un suicidio.
Mientras juntaba los pedazos, veía a mi hija viéndome. Sus ojos estaban llenos de compasión, como si intuyera que con el plato se habían desparramado por toda la cocina los trozos de mi infancia. Y una vez que los hube juntado todos, me afané durante media mañana en buscar qué colgar en el tornillo desnudo, para ocultar el vacío sobre la pared. Para disimular la soledad del plato sobreviviente. Para maquillar la cicatriz en la memoria.


Decidí que no. Que no voy a poner nada. Que quede el tornillo desnudo. Que quede el plato solitario de toda soledad. Este es mi hogar. Y en su herida está su historia.