jueves, 6 de agosto de 2009

Es


Es un día soleado,
es el aliento mismo del viento.
Es quien desata mi mente,
con quien cobro vuelo.
Por él se agita mi alma,
baja a mí en él el cielo.
Es quien enciende mi piel,
quien conquista mi deseo.
Son suyas todas las voces,
el mismo fragor del trueno.
Suyo cada rayo de luz.
Es canela e incienso.
En él me he vuelto yo misma ,
reconozco mis palabras,
reencuentro mis sueños.
Todo de ternura tibia
arrulla mi sueño.
Suyas la fortaleza de la montaña,
la contundencia del hielo.
El calor mismo de las llamas
que me consumen.
Mi camino.
Mi regreso.

sábado, 18 de julio de 2009

Los platos de la abuela



No, no era exactamente que la sintiera fruto del fracaso. La casa que acababa de comprar tenía todo para que me llenara de orgullo: era la primera vez que compraba una propiedad sola, para mis hijos y para mí, y había logrado superar los miedos y las miserias –materiales y de las otras- en las que me había sumergido un divorcio demasiado doloroso. Era señal de haberme puesto de pie.
No, no era exactamente que me pareciera demasiado pequeña. No tenía ni las dimensiones ni las comodidades de la casa que había dejado, pero tampoco sus silencios ni sus mañas de casa vieja reciclada. Y esta parecía ajustarse mejor. Nos calzaba como ropa nueva hecha a medida. Era para nosotros.
Y no, no era exactamente que no me gustara. Era bella. Sencilla y bella. Paredes blancas, mucha madera… cálida. Eso decían todos los que entraban. Y que se me parecía. Así que tampoco era que no me identificara.
Sin embargo, algo faltaba. Cada mañana me sentaba en la cocina, frente a la ventana, diciéndome que la felicidad era poder disfrutar ese mate, viendo el sol sobre las hojas de las plantas (por no sé qué extraña asociación, siempre la felicidad se me representa como sol trasluciéndose en las hojas). Y cada fin de semana me afanaba por habitarla toda, como si usar todos los cuartos me ayudara a sentirla más mía. Pero algo faltaba.


Una mañana llegó mi papá con un regalo extraño, envuelto en papel de diario. Eran los platos de la abuela, esos dos platos feos que habían presidido desde siempre el patio de la casa donde me pasó mi familia. Esos platos que deben estar en las fotos de todos los cumpleaños familiares de mi infancia, y más también. Y en las de las navidades. Y en esas otras, las ocasionales, las porque sí. Bajo esos platos sucedió todo.


Y fue mágico. Fue poner los platos en la pared, y mi casa ya no era mi casa. Era mi hogar. Y lo habitaron los olores de los estofados de la abuela, y volvieron sus risas y sus berrinches, y sus bromas siempre subidas de tono, y sus dichos de vieja sabia. Y las voces subidas de las reuniones. Y los gritos de los chicos, hasta que el silencio preanunciaba el desastre. Ya no iba a necesitar habitar todos los cuartos. Ya no se sentían vacíos ni ajenos. Era mía, la poseía.


Antes de ayer, a la mañana, la pluma rebelde de un plumero loco decidió que ya había sido suficiente. Dos platos feos en la pared eran demasiado. Y con un golpe preciso, arrojó uno contra el piso. Lo vi caer. Fue en cámara lenta. Y no atiné a atajarlo. Ni me moví. Me detuve, simplemente, viéndolo. Incrédula. Fue el plumero, pero pareció un suicidio.
Mientras juntaba los pedazos, veía a mi hija viéndome. Sus ojos estaban llenos de compasión, como si intuyera que con el plato se habían desparramado por toda la cocina los trozos de mi infancia. Y una vez que los hube juntado todos, me afané durante media mañana en buscar qué colgar en el tornillo desnudo, para ocultar el vacío sobre la pared. Para disimular la soledad del plato sobreviviente. Para maquillar la cicatriz en la memoria.


Decidí que no. Que no voy a poner nada. Que quede el tornillo desnudo. Que quede el plato solitario de toda soledad. Este es mi hogar. Y en su herida está su historia.

jueves, 16 de julio de 2009

lunes, 22 de junio de 2009

La pregunta desconcertante

Viviana Taylor
Desde que recuerdo, siempre me desconcertó la pregunta sobre mi color preferido. Era peor que esa otra, la odiosa, sobre si quería más a mi papá o a mi mamá. Si me resultaba imposible elegir entre uno y otro, en el acotadísimo universo de dos, ¿cómo hubiese sido posible hacerlo en el infinito universo de colores, que se multiplicaban casi a diario para mi conocimiento?
Con la odiosa, salía del paso airosamente: “a los dos igual”. Hubiese sido complicado explicar que no podía medir mi amor, aunque sí podía describirlo. Y que a cada uno lo amaba de modo diferente, a cada uno según su manera, y a cada uno según mi manera. Que tampoco eran únicas.
Con la otra, la desconcertante, también salía del paso airosamente. “Rosa”, respondía mientras me interesaba sumarme a la fila de niñas aprobadas, y así me ganaba la consiguiente sonrisa. Respuesta que se transformó en “verde” durante ese período en que decidí vengarme, y pagar desconcierto con la misma moneda.

Pero lo cierto es que no tengo un color preferido, como nunca lo he tenido. Me encanta ese verde traslúcido de las hojas nuevas cuando las atraviesa el sol, y el cobrizo de los robles en otoño. Adoro el negro de mi vestido preferido, pero me siento increíble cuando uso ese otro, el amarillo limón, que hace ver más rojo el rojo subido de mi cabello, al que también adoro. Y me emociona el azul grisáceo de los ojos de mi hijo, y el chocolate del cabello de mi hija. Me alegran el naranja, y el turquesa de mi piloto, que me hacen ver menos pálida. Y mis manos blancas cuando hace frío. Me siento en casa donde me rodeo con los mismos tonos tierra con que he poblado la mía. Y con los tonos crudo de las carpetas que tejieron mis tías bisabuelas, a las que no conocí, pero viven en ellas.

No, no tengo un color preferido. Como no tengo un libro preferido. ¿Cómo elegir al primero que me dejó en vela toda la noche, antes que al primero que me hizo volar, o al primero que leí completo? ¿Cómo elegir entre el que me hizo mirar de modo diferente a la historia, por sobre el que me hizo revivirla? ¿Cómo preferir al que me enamoró y no al que me horrorizó? ¿Cómo gustar más del que repitió mis mismas obsesiones, del que me sorprendió con otras nuevas?

No, no tengo un color preferido. Ni un libro preferido. Como no tengo una película preferida ni una música preferida. Las ha habido que me han gustado, y con una vez han bastado. Y las ha habido áridas, que requirieron de más trabajo para que comenzaran a hacer nacer algo en mí, y sobre las que siempre vuelvo. Ha habido películas y música que me hicieron estallar el pecho de una forma en que pensé que era imposible que sucediera. Y las ha habido amables, dulces, tibias. Y bobas. ¡Gracias a Dios por todas esas películas y canciones bobas, de las que tanto he gozado!

No, no tengo un color preferido. Ni un libro. Ni una película o música. Ni siquiera un profesor o una materia preferidos. De todos he aprendido algo, aunque no siempre me gustó hacerlo. Y fueron tantos aquellos con los que disfruté el proceso… como son tantas las cosas interesantes sobre las que hay algo por leer, algo por saber, algo por discutir, un nuevo punto de vista por descubrir.

No, no tengo un color preferido. Ni un libro. Ni una película o música. Ni siquiera un profesor o una materia. Y todavía tiemblo cuando me lo preguntan, porque a mi edad, no poder responder, causa en los demás desconcierto. Y no hay nada tan incómodo como el desconcierto ajeno. A veces, creo que hasta podría prepararme unas respuestas para usar en caso de emergencia, algo así como un botiquín para ser usado en caso de preguntas incómodas. Pero no sería cierto.

Lo cierto es que preferir -por sobre todo lo demás- algo, reduciría mi mundo. Lo simplificaría. Lo volvería más controlable. Y menos interesante.
Mi mundo no es así. Mi mundo es caótico. Es incierto. Está lleno de paradojas y contradicciones. Mi mundo es desprolijo y despeinado.

“Eres lo que amas”, escuché hace poco, en una de esas películas amables que tanto disfruto. Y yo me pregunto, ¿cómo no amar tantos colores, tantos libros, tantas películas, tanta música, tantos profesores, tantas materias? ¿Cómo no amar, en toda su complejidad, este mundo loco, incontrolable, inabarcable, inconmensurable?

Ahí está mi respuesta. Yo amo este mundo, en el que hay lugar para cada cosa y su contraria. Así, tal como soy yo, cada cosa y su contraria.

viernes, 12 de junio de 2009

Un hombre ha muerto


Eran muchas las cosas en las que no coincidíamos. Sin embargo, durante muchos años, compartimos un proyecto que definió la carrera de ambos.

El tenía su estilo y yo el mío. Sin embargo, durante algún tiempo, él bromeaba con que haciendo de "policía malo y policía buena" armábamos un buen equipo.

El fruncía el ceño, y yo sonreía. El gritaba, y yo nunca alcé la voz. El perdía demasiado pronto la paciencia, y a mí me resultaba más fácil comprender. Sin embargo, tomando decisiones, muchas veces él ablandó mi mano cuando se puso dura.


Yo lo admiraba por su capacidad de gestión, su energía para generar proyectos, y su fuerza. El me respetaba, en mi persona y mi trabajo.

Extrañamente, solíamos coincidir en lo que había que hacer, aunque por distintas razones. No nos resultaba fácil ponernos de acuerdo, y tuvimos discusiones -y peleas- antológicas. Pero teníamos un código de respeto común, y confiábamos el uno en el otro... hasta que la confianza se quebró.


Como en todas las relaciones asimétricas y desparejas (sean amorosas, familiares, de amistad o profesionales, como era este el caso) los equilibrios se mantuvieron lábilmente ajustados mientras las circunstancias lo propiciaron. Y cuando las circunstancias ya no la favorecieron, la relación se resintió. Y el proyecto ya no fue común, ni el equipo volvió a ser el mismo.


En nuestra última charla le dije, simplemente, que me iba. Disimuló su sorpresa pero sus ojos se enrojecieron. Ofrecí permanecer en contacto para lo que fuera necesario, como si no pudiera hacerme a la idea de irme del todo, y él rechazó la oferta. "Podemos arreglarnos", dijo; y yo sabía que era cierto. Le estreché el hombro derecho y le dí un beso. La despedida fue en silencio.


Durante estos meses me rondó la idea de que íbamos a encontrarnos en algún lado, por esas cosas de la profesión que hacen que la gente se cruce, y más tranquilos íbamos a darnos la charla que nos debíamos.

Pero el martes supe que había muerto. Y estoy triste: por él, por su familia, por su proyecto -que también fue mi proyecto-, por el equipo del que alguna vez fui parte, y por el obligado silencio.

lunes, 18 de mayo de 2009

Lo inevitable. Variaciones sobre un tema.


LO INEVITABLE
Cuento



Fue de repente. Fue como si el tiempo se hubiera cortado, tal como se corta un elástico. Y yo ahí, tratando de aferrar los extremos que saltaban enloquecidos, esforzándome inútilmente por atarlos para lograr hacer pie y tomar una bocanada de aire. Pero no. Seguía ahí, sumergida. En esa nada.
Debo haberme ahogado en mi propia adrenalina porque en ese tiempo suspendido, todo (los gestos insignificantes, las palabras desatendidas, cada pequeña cosa olvidada) volvió con la fuerza de lo revelado. En ese tiempo suspendido, ningún hecho, por insignificante o azaroso que fuera, se me pasó desapercibido. Y ya no tuve qué preguntar, ni qué conocer, ni qué comprender. Todo estaba allí. Y yo, naufragando.
Con una certeza inédita, supe qué hacer, qué decir, qué esperar. Dejé de sentirme arrastrada hacia esa nada, y me volví roca. No creí que necesitara ser consolada. De todos modos, nunca creí necesitar lo que es imposible que sea dado. Hay cosas que sólo son una conquista.
Esa noche, extrañamente, dormí. Dormí como cuando no se teme. Dormí como cuando despertar no es un alivio.
Y en la mañana, frente a la puerta de la cocina, no la reconocí. Desorientada e incrédula, medí los pasos que sentí que debían atravesarla, pero no fueron suficientes. Todo parecía igual, pero se sentía ajeno. El espacio dilatado de un tiempo roto. Tal vez, una forma de locura. O de una recién inaugurada lucidez.
Sobre la mesada, una cacerola con lentejas en remojo desde la mañana anterior. Sobre las hornallas, berenjenas en una asadera. En el cesto de la ropa sucia, una muda con el olor de un cuerpo que ya no reconocería. Y ese hueco blando en el colchón frío. Extremos del elástico cortado. Extremos imposibles de anudar de un tiempo roto.
Y duché largamente un cuerpo que ya no habitaba. Y peiné sus cabellos. Y acomodé los senos en un corpiño para que el escote luciera bello. Y pinté sus labios y sus ojos. Y lo miré por primera vez en el espejo.
Y lo saqué a caminar por las mismas calles que tantas veces había recorrido. Y lo entibié en un sol que se traslucía en las hojas de los árboles. Y lo perfumé con el dulzor de los paraísos en las veredas. Y entonces lo pude sentir. Algo muy profundo, muy adentro, se estremecía. Pero no hubo llanto. No sé si fue angustia. Sospecho que, apenas, sorpresa.
Todavía lucho por asirme a los extremos del tiempo. Ya no saltan enloquecidos, y yo ya no naufrago. Me he sostenido en pie lo suficiente como para intentar atarlos. Cuando lo logre, tal vez, tenga un nudo al que aferrarme. Puede ser que, entonces, la vida comience de nuevo.





LO INEVITABLE
Poema en prosa



Como una tijera que sesga el tiempo, separando violentamente sus extremos elásticos, nos suspende en la nada. Nuestra cocina se nos vuelve ajena cuando no calculamos los pasos que la miden. La cama se agiganta cuando extendemos un brazo en la oscuridad y no alcanzamos el otro extremo. Las voces nos suenan lejanas. Los gestos repetidos se nos hacen nuevos.
Con precisión de bisturí y brutalidad de faca de tumbero, nos descarna. Con ojos vírgenes aprendemos a mirar un mundo que no reconocemos. Nuestros oídos sólo se acomodan al silencio. Las manos quieren, pero no se abren. La voz quiere, pero no encuentra palabras. Los labios quieren, pero no hay besos. Ni caricias. Ni lamento.
En la mañana, con un esfuerzo desconocido, levantamos de la cama el cuerpo que ya no habitamos. Nos sorprende la vida que late, el perfume primitivo del sexo. En la ducha lo exorcizamos de los olores más recónditos. Y acomodamos los senos para que el escote se vea bello. Y le colocamos máscara a las pestañas y brillo a los labios. Y lo vestimos con ropas que una vez nos pertenecieron. Y salimos a caminar con unos pasos que ya no son nuestros.

jueves, 14 de mayo de 2009